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martes, octubre 09, 2007

Lugares donde hoy mueren los deseos de mañana


Existen lugares que adormecen –incluso matan- nuestros deseos. O que por lo menos nos obligan a cambiarlos por otros más aceptables, más asequibles y mayoritarios. Algunos de esos lugares (repetiré mucho esta palabra) son donde mal estamos cada día. Sin darnos cuenta, nos moldean, nos desgastan, nos arrinconan. Son, en definitiva, Lugares Comunes. Éste es el título de la colección de relatos de la escritora murciana Irene Jiménez.

Desde la primera página, aparece un índice que nos irá guiando en cada relato. La autora nos avisa: el título de cada cuento –excepto uno- está enunciado por una preposición. La preposición es el comienzo de una propuesta literaria que ahonda en personajes que se someten al protagonismo de su entorno: En la universidad, En un pasillo, En casa de los señores, En la oficina, En la calle, En la ventana, ...

Son historias de corte realista en las que persiste una técnica literaria: la omnipresencia del espacio –como sinécdoque narrativa- marca siempre los tempos. El protagonista principal es el lugar común. Actúan, por tanto, casi como secundarios, los personajes que se agotan en ellos.

En cada planteamiento lento, sosegado y necesario, el lector entra en los espacios que propone Jiménez absorbiendo los detalles, los objetos, los gestos. El nudo de la trama apenas aparece, hasta que nos damos cuenta de que está ahí: en el giro argumental de la expulsión del personaje de un sitio conocido a otro ajeno. El desenlace de cada cuento es una explosión: una escena final en la que intuimos cuál es el verdadero deseo (si lo tiene) del protagonista. Aquí el personaje vuelve a tomar preponderancia frente al lugar, pero ya es demasiado tarde.

En la oficina, por ejemplo. Leticia descubre, al mismo tiempo que pierde su trabajo, que carece de una meta en la vida. Había cambiado cada uno de sus anhelos por todo aquello que la hacía igual que los demás: trabajo, casa, hipoteca... Un día, la oficina (su empresa) la expulsa. El despido la hace enfrentarse consigo misma. Una frase la resume: “No tenía obligación de hacer nada, pero tampoco deseos”.

Y así podríamos seguir enumerando argumentos en los que los personajes muestran la interinidad de sus vidas, en cada lugar por el que apuesta Irene Jiménez. Ese lugar puede ser inhóspito y económicamente necesario, como la mencionada oficina; pero también, por citar otros, puede ser anónimo, como una gran ciudad, o bien íntimo o fronterizo, como un dormitorio o un simple pasillo.

Entramos en esos lugares conocidos como buscando, merodeamos por doquier hasta que nos remiten a un falso sentimiento de cobijo o de bienestar. Pero poco a poco, nos vamos dando cuenta de que por ahí, justo ahí, donde ahora nos encontramos, estamos mucho más perdidos que antes, sin asideros, sin itinerario, sin deseos (otra palabra que se repite).

Irene Jiménez traza este sin rumbo, con demasiados referentes actuales: eso que los críticos llaman extra-texto. Habrá que tener paciencia y comprobar si, con el paso del tiempo, el retrato social de Lugares Comunes se sigue comprendiendo como metáfora de una generación, como es la nuestra, que vagabundea en un estado de falso bienestar por los comienzos de un siglo incierto.

Mientras tanto, habrá que releer este libro para comprender que cada uno de nosotros siempre está a expensas de cierto Lugar..., uno de éstos donde hoy pueden morir los deseos de mañana.

PD: Quizás, la esencia de Lugares Comunes la matice su autora con estas palabras en respuesta a una pregunta: "Mientras escribía este libro pensaba mucho en cuál era el mejor sitio para vivir: la gran ciudad, en la que yo ya vivía, o bien un pueblo pequeño, con distintas ventajas e inconvenientes. Supongo que esas dudas llegaron a los cuentos, como tantas otras cosas".