El secreto de contar una historia cotidiana
Los secretos, a menudo, es mejor ni pronunciarlos. Aunque no siempre. Hay días que te apetece asomarte a una ventana y gritar. El grito acompañaría al secreto, claro. Y será jarabe para la tos primaveral. Otros días, de éstos que eres más sensato, te dices: "Bueno, si tengo que contarte el secreto, es mejor que te lo cuente; pero, a medias".
Digo esto, porque alguien me confesó una vez un secreto (no diré quién: una cosa es el secreto en sí y otra el secretario). En resumen, yo le había preguntado a mi interlocutor:
El secretario, para mi asombro, ni carraspeó. Inicio, por contra, un monólogo que transcribo aquí, punto por punto:"¿Cómo demonios se escribe la trama de un buen
cuento desde lo insulso de lo cotidiano?"
- No hables de superhéroes, ni de príncipes azules y cenicientas. Coge, en cambio, a uno o dos personajes y muéstralos en su particular vida rutinaria y monótona; y cuanto más gris sea su hábitat mejor. Que quien escuche la historia sienta la empatía o el rechazo hacia ellos.
-Pon un suceso límite en sus vidas: abandono de alguien cercano, una catástrofe, ... alguna situación que explosione su actual estado de las cosas.
-Continúa por ahí. Que los personajes no puedan solucionar su conflicto personal, que no tengan respuestas. "Boquiabierto" es una palabra que me encanta. Recuérdalo.
- Agranda su conflicto. ¿Y ahora qué diantres hago?, se preguntarán.
- Sume al personaje en el caos, bájalo a un pequeño infierno florido.
- Ahora, vas bien. Ante esta situación límite, no tendrán otra alternativa que inventarse una solución, por puro instinto de supervivencia. Ojo, cuanto más absurda, mejor; es más creíble: Ante problemas complejos, soluciones tontas.
- Prosigue. Ahora que los personajes creen que han solucionado su problema, hazlos regresar a su rutina, a lo cotidiano de su lánguida vida gris anterior, y bla bla bla.
- No está mal, ¿verdad? Pues bien. Procura que esta pequeña revolución, hecha por ellos, les devuelva al anterior estado de las cosas. Que todo cambie para que no cambie nada. Pero, aquí llega el truco.
- Sin darse cuenta, la solución a su conflicto les ha mejorado la vida. Siguen siendo grises, pero ahora tienen en el paladar algo así como un regustito de felicidad: son más grises que nunca. Se sienten bien, cada vez mejor, y mejor y mejor. Han pasado del vacío a la saciedad.
- Cambia el argumento: giro de trescientos sesenta grados. La solución que los protagonistas se han inventado la asumen como verdad; pero, un día, descubren que todo es mentira. Lo que creían que les había devuelto a la monotonía es una falsedad. El descubrimiento y su aceptación les hace regresar al caos: pero, esta vez, bajan a un infierno moral: nada, por ejemplo, de infiernos físicos de hambre, sufrimiento, angustia, etcétera. ¡¡¡Tiene que ser moral!!!
- ¿Qué harán ahora? ¿Qué pueden hacer si se dan cuenta de que todo es una farsa, de que el problema que los sumió en un caos y su respuesta absurda, ha agigantado el caos? Tendrán que decidir entre lo que deberían hacer y lo que deserían hacer.
- Cierra la trama con una deriva. Que lo trágico se vuelva cómico, y viceversa. Que el personaje al que le explotó su vida gris, su rutina, su monotonía..., se deje llevar (sin importarle ahora lo más mínimo dicho problema moral), hacia otra monotonía, otra rutina, otra vida gris, otra y otra vez lo mismo de lo mismo... Si en este camino de ida y vuelta, logras que la previa empatía del lector se torne rechazo, o viceversa, muchísimo mejor.
- Acabas de trazar una historia desde lo cotidiano hasta lo más profundo de la existencia: la lucha feroz que libramos cualquiera de nosotros dentro de la jaula del día a día.
- Fin. (Por cierto, intenta contar, entre tanta mentira, tu verdad: eso que llaman trama B)
Me quedé pensando en esas palabras. Recapacité. Incluso me acaricié la barbilla, en un momento de duda o de admiración. Estas palabras tenían algo de secreto. Leí dos o tres cuentos de A. Chejov. También, de R. Carver. Me gustaron mucho más los que releí de F. S. Fitzgerald
Poco después, me conecté al ordenador -a éste, desde donde escribo-. Por casualidad me encontré con el cortometraje "Éramos pocos...", dirigido por Borja Cobeaga, nominado a los Óscar 2007.
La trama comienza así: Un padre y su hijo son incapaces de hacer las labores domésticas. Cuando la madre les abandona, por lo desastrosos que son, deciden sacar a la abuela del asilo, para que sustituya a la madre y se ocupe en su lugar de las labores del... ¿hogar?
Visioné el corto. Entendí mejor el secreto. A medias, claro. Pero, ¿acaso no son los secretos grandes verdades disfrazadas de pequeñas mentiras? Me asomo a la ventana y grito. Ya imaginan lo que viene detrás del grito. Shhh... No me lo cuenten.
Éramos pocos..., de Borja Cobeaga.
3 comentarios:
Nada, k esta genial, y vaya k en verdad son dependientes los hombres, k no les interesa mas nada k alguien k los atienda, aunque tambien y hay k decirlos las mujeres somos tambien dependientes tal vez no a las mismas cosas pero de una u otra forma lo somos.
Gracias por tu comentario, Sofia. Pues tienes razón. Quizás lo que nos hace dependientes a las personas es sólo un sentimiento, que no es otro que la soledad...
Magnífica guía de cómo hacer un buen cuento. Genial.
Cambios que no son materiales, ni descomunales, ni espectaculares, pero que trastocan completamente al protagonista del cuento de una forma interna, casi invisible, perceptible sólo por los ojos del lector que sigue su metamorfosis. Y es ahí, ahí, donde aparece la empatía, donde se crea la conexión. Magia.
Un compañero de un foro de literatura mandó esta dirección y me ha parecido estupenda. Volveré.
Anabel
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